Hay muchos
individuos para quienes la cualidad "CARENCIA DE DESEOS" es
verdaderamente difícil, porque sienten que sus deseos son ellos mismos, y que
si desechan sus deseos peculiares, sus gustos y disgustos, dejará de existir su
yo. Pero esto les sucede tan sólo a quienes no han visto al Maestro. A la luz
de su Santa Presencia se extinguen todos los deseos, menos el de igualarse a
Él. Sin embargo, antes que gocéis, de la felicidad de encontraros frente a
frente con Él, podréis alcanzar, si queréis, la "Carencia de deseos".
El
Discernimiento os ha mostrado ya que las cosas que los hombres más desean, como
la riqueza y el poder, no tienen valor alguno. Cuando esto no se dice tan
sólo, sino que se siente en verdad, cesa todo deseo de ellos.
Así pues, todo
eso es sencillo; sólo se requiere que lo comprendáis. Pero hay algunos que
cesan de perseguir los bienes terrenales, con el fin de ganar el cielo o
alcanzar la liberación personal del renacimiento; no debéis caer en este error.
Si habéis olvidado al yo, no podéis pensar en la hora en que este yo sea libre
o qué clase de cielo tendrá. Recordad que todo deseo egoísta ata, por elevado
que sea su objeto, y en tanto no os hayáis librado de él no estaréis
enteramente preparados para dedicaros a la labor del Maestro.
Cuando desaparezcan todos los deseos que se refieren al yo, todavía
puede existir el deseo de ver los resultados de vuestra obra. Si ayudáis a
alguien, querréis ver en cuánto lo
habéis ayudado; aun tal vez queréis que aquel a quien habéis ayudado, también
lo vea y os lo agradezca. Esto es todavía deseo, y, además, falta de confianza.
Cuando hacéis todo el esfuerzo que podéis para ayudar, debe dar un
resultado, tanto si podéis verlo como si no; si reconocéis la manera de obrar
de la Ley, sabéis que esto es así. Por esto debéis obrar rectamente por amor a
lo recto, no con esperanza de recompensa; debéis trabajar por amor al trabajo,
no por la esperanza de ver el resultado; debéis entregaros al servicio del
mundo, porque lo amáis y no podéis dejar de entregaros a él.
No deseéis poderes psíquicos; ya vendrán cuando el Maestro
comprenda que debéis tenerlos. Además, es esforzarse en adquirirlos trae
consigo, muy a menudo, gran perturbación; frecuentemente, a su poseedor le
descarrían los falaces espíritus de la naturaleza, o se envanece y cree que él
no puede caer en error; y el tiempo y el esfuerzo que emplea para alcanzar
estos poderes podría emplearlos, de cualquier otro modo, en trabajar para los
demás. Los poderes vendrán en el curso del desarrollo; deben venir; y si el Maestro ve que es útil que los tengáis antes,
os enseñará a desarrollarlos sin peligro. Hasta entonces, estaréis mejor sin
ellos.
Además, debéis precaveros de ciertos pequeños deseos que son
comunes en la vida diaria. No deséis jamás brillar o parecer superior en ningún
sentido; no habléis mucho. Es mejor hablar poco; es mejor todavía callar, hasta
que estéis seguros de que lo que vais a decir es VERDADERO, BUENO y PUEDE
AYUDAR A OTROS. Antes de hablar, pensad cuidadosamente si lo que vais a decir
posee estas tres cualidades; si no es así, no lo digáis.
Lo mejor es acostumbrarse desde el primer momento a pensar
cuidadosamente antes de hablar, porque cuando alcancéis la Iniciación debéis
fijaros en cada palabra, no sea que digáis lo que no debe decirse. Mucha
habladuría vulgar es insensata y vana; cuando es chismosa, es maligna. Así,
acostumbraos a escuchar, mejor que a hablar, no expongáis opiniones, a menos
que os las pidan directamente. En resumen; las cualidades son: saber oír,
querer y callar; y la última es la más ardua de todas.
Otro común deseo que debéis reprimir severamente es el de
inmiscuiros en los asuntos de los demás. Lo que otro haga o diga o crea, no es
cosa vuestra, y debéis aprender a dejarlo completamente solo. Él tiene
perfecto derecho al pensamiento, palabra y acción libres, mientras no se meta
con otro. Así como vosotros reclamáis la libertad de hacer lo más conveniente,
debéis concederle la misma libertad, y cuando la usufructúa no tenéis ningún
derecho a ocuparos de él.
Si pensáis que obra equivocadamente, y podéis hallar oportunidad de
decirle privadamente y con la mayor delicadeza vuestra opinión, es posible que
lo convenzáis; pero hay muchos casos en que, aun de esta manera, la intervención
sería impropia. Nunca debéis hablar a una tercera persona acerca del asunto,
porque ésta es una acción muy baja.
Si veis un caso de crueldad contra un niño o un animal, vuestro
deber es defenderlos. Si estáis encargado de instruir a otra persona, es vuestro
deber reprender afectuosamente sus faltas. Excepto en semejantes casos, ocupaos
de vuestros propios asuntos y ejercitad la virtud del silencio.
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