IV
El Amor es la
cualidad más importante, porque cuando es bastante fuerte en un hombre, lo
estimula a revestirse de todas las demás, que sin ella nunca serían
suficientes. Suele definirse el amor como un intenso deseo de unión con Dios y
de liberación de la rueda de nacimientos y muertes. Pero este concepto del amor
suena a egoísta e implica sólo una parte de su significado. El amor es más que
deseo; es voluntad, resolución,
determinación. Para producir este resultado, la resolución debe llenar vuestra
naturaleza entera, hasta el punto de no dejar lugar para ningún otro
sentimiento. Es, sin duda, la voluntad de ser uno con Dios, no para escapar
del sufrimiento y de la fatiga, sino a fin de que, en razón de vuestro amor
profundo hacia Él, podáis obrar con Él y como Él obra... Pues siendo Dios Amor,
si queréis llegar a ser uno con Él, debéis también estar poseídos de amor y
perfecto altruismo.
En la vida diaria, esto significa dos cosas: primera, que
procuréis cuidadosamente no causar daño a ningún ser viviente; segunda, que
siempre estéis alerta por si se presenta la oportunidad de ayudar.
Primero, no dañar. Hay tres pecados que causan en el mundo mayores
males que todos los demás: maledicencia, crueldad y superstición, porque son
pecados contra el amor. Si el hombre quiere henchir su corazón de amor divino,
ha de vigilarlos y combatirlos constantemente.
Veamos los efectos de la maledicencia: Principia con el mal
pensamiento, y esto en sí mismo es ya un crimen. Porque en todas las personas y
en todas las cosas existe el bien y el mal. A cualquiera de éstos podemos
prestarle fuerza, pensando en él, y por este medio ayudar o estorbar la
evolución; podemos hacer la voluntad del Logos o trabajar en contra de ella.
Si pensáis mal de otro, cometéis tres iniquidades a un tiempo:
1a
Llenáis el ambiente que os rodea de malos pensamientos en vez de buenos, y así
aumentáis las tristezas del mundo.
2a
Si en el ser en quien pensáis existe el mal que le atribuís, lo vigorizáis y
alimentáis; y así, hacéis peor a vuestro hermano en vez de hacerlo mejor. Pero,
si generalmente el mal no existe en él y tan sólo lo habéis imaginado, entonces
vuestro maligno pensamiento tienta a vuestro hermano y lo induce a obrar mal,
porque, si no es todavía perfecto, podéis convertirlo en aquello que de él
habéis pensado.
3a
Nutrís vuestra propia mente de malos en vez de buenos pensamientos, y así
impedís vuestro propio desarrollo y os hacéis, a los ojos de quienes pueden
ver, un objeto feo y repulsivo, en vez de bello y amable.
No contento con
hacerse todo este daño y hacerlo a su víctima, el maldiciente procura con todas
sus fuerzas que los demás participen de su crimen. Les expone con vehemencia su
chisme, con la esperanza de que lo crean, y entonces los convencidos cooperan
con él, enviando malos pensamientos al pobre paciente. Y esto continúa día tras
día, y no lo hace sólo una persona, sino miles. ¿Veis ahora cuán bajo, cuán
terrible es este pecado? Procurad evitarlo en absoluto. No habléis jamás mal de
nadie; negaos a escuchar a quien os hable mal de otro, y decidle, afectuosamente:
"Tal vez eso no sea verdad, y, aunque lo fuese, es mejor no hablar de
ello".
En cuanto a la
crueldad, ésta es de dos clases: intencionada y sin intención.
La crueldad
intencionada consiste en causar, de propósito, dolor a otros seres vivientes, y
éste es el pecado más grave de todos: obra de diablo más bien que de hombre.
Diréis que ningún hombre puede hacer una cosa semejante; pero precisamente
los hombres la han hecho muy a menudo y aún la están haciendo cada día. Los
inquisidores la practicaron, y también muchas gentes religiosas en nombre de
su religión; los vivisectores, así como habitualmente algunos maestros de
escuela. Todas estas personas tratan de excusar su brutalidad con la
costumbre; pero un crimen no deja de serlo porque muchos hombres lo cometan.
Karma no tiene en cuenta las costumbres; y el karma de la crueldad es el más
terrible. En la India, al menos, no puede haber excusa para tales costumbres,
porque todos conocen el deber de no acusar mal a nadie. El destino de los
crueles cae también sobre aquellos que se dedican intencionadamente a matar a
las criaturas de Dios, y llaman a esto deporte.
Ya sé que tales
cosas no las efectuáis vosotros, y por amor de Dios hablaréis claramente contra
ellas cuando la oportunidad se os presente. Pero también hay crueldad en las
palabras como en los actos, y una persona que diga una palabra con intención de
herir a otra es culpable de este crimen. Esto tampoco lo haréis vosotros; pero
algunas veces una palabra dicha al descuido hace tanto daño como una
maliciosa. Así pues, debéis estar siempre en guardia contra la crueldad no
intencionada.
En general,
ello procede de la irreflexión. Hay hombres tan poseídos de la ambición y de la
avaricia, que ni siquiera se dan cuenta del sufrimiento que causan a los
demás pagándoles poco, o haciendo pasar hambre a su mujer e hijos Otros,
pensando tan sólo en su codicia, se preocupan poco de los cuerpos y de las
almas, a quienes arruinan por satisfacerla. Para librarse de unos cuantos
minutos de molestia, un hombre deja de pagar a sus obreros el día que les
corresponde, sin acordarse de las dificultades que este hecho les reporta.
¡Tanto sufrimiento se causa por descuido, por olvidar cómo una acción ha de
afectar a los demás!... Pero Karma nunca olvida, y no tiene en cuenta que los
hombres olviden los hechos.
Si deseáis
entrar en el Sendero, debéis pensar en las consecuencias de vuestros actos,
para que no seáis culpables de crueldad irreflexiva.
La superstición
es otro mal tremendo, que ha causado grandes y terribles crueldades. Las personas
esclavas de ella menosprecian a las que saben más, y tratan de obligarlas a
hacer lo que ellas hacen.
Pensad en la horrorosa matanza debida a la superstición de
sacrificar a los animales y al todavía más terrible prejuicio de que el hombre
necesita alimentarse de carnes. Pensad en el trato a que la superstición ha
dado motivo con respecto a las clases oprimidas en nuestra amada India, y ved
cómo esta mala tendencia puede engendrar una despiadada inconsideración, aun
entre los que conocen el deber de fraternidad.
Los hombres han cometido muchos crímenes en nombre del Dios de
Amor, movidos por la pesadilla de la superstición; cuidad mucho de que no quede
en vosotros ni el más leve vestigio de ella.
Debéis evitar
estos tres grandes delitos, porque son fatales a todo progreso, por ser
pecados contra el amor. Pero no tan sólo estáis obligados a refrenaros de este
modo ante el mal, sino que habéis de ser activos para el bien. El intenso deseo
de servir ha de llegar al máximo, hasta el punto de estar siempre a la mira
para aplicarlo alrededor de vosotros no tan sólo a las personas, sino a los
animales y a las plantas. Debéis prestar vuestro servicio hasta en las
pequeñas cosas de la vida diaria, de modo que, acostumbrándoos a ello, no
podáis substraeros, cuando se presente la oportunidad de hacer cosas de mayor
importancia. Pues si deseáis llegar a ser uno con Dios, que no sea para
vuestro propio beneficio, sino para convertiros en canal por donde fluya Su
amor para alcanzar a vuestros semejantes.
El que está en
el Sendero no vive para sí mismo, sino para los demás; se olvida de él para poder
servirlos. Es a manera de pluma en manos de Dios, por la que fluye Su
pensamiento y tiene expresión aquí abajo, lo que no podría suceder sin ella. Es
a manera de un canal de fuego viviente que derrama sobre el mundo el Divino
Amor que llena su corazón.
La sabiduría
que os capacita para ayudar, la voluntad que dirige la sabiduría, el amor que
inspira la voluntad, éstas son vuestras cualidades.
Voluntad,
Sabiduría y Amor son los tres aspectos del Logos; y vosotros, que deseáis
alistaros para servirlo, debéis, hacer gala de ellos en el mundo.
Quien la palabra del Maestro anhele,
De Sus mandatos póngase en escucha
Entre el fragor de la terrena lucha,
Y la escondida Luz atento cele.
Sobre el inquieto y mundanal gentío,
Del Maestro atisbe la señal más leve,
Y oiga el susurro que Su voz eleve