miércoles, 2 de octubre de 2013
PROLOGO
PRÓLOGO
Estas palabras
no son mías: son del Maestro que me enseñó. Sin Él no hubiera podido hacer
nada, pero con Su ayuda he puesto los pies en el Sendero. Vosotros también deseáis
penetrar en este Sendero; y así, las mismas palabras que Él me dijo os ayudarán
si queréis obedecerlas. No basta decir que estas palabras son bellas y
verdaderas; quien desee lograr éxito debe hacer exactamente lo que ellas
entrañan. Mirar la comida y decir que es sabrosa no satisfaría a un
hambriento: ha de comerla. Así pues, no basta escuchar al Maestro: debéis
practicar lo que Él aconseja, atendiendo a cada palabra y fijándoos en cada
insinuación. Si no advertís una indicación, si no atendéis a una palabra,
queda perdida para siempre, porque Él no las repite.
En este Sendero se
requieren cuatro cualidades:
DISCERNIMIENTO
CARENCIA DE DESEOS
BUENA CONDUCTA
AMOR
CAPITULO 1
La primera
cualidad es el DISCERNIMIENTO. Se denomina así, generalmente, a la facultad de
distinguir entre lo real y lo ilusorio, y la cual guía a los hombres para
entrar en el Sendero. Pero también es mucho más que esto, y debe practicarse no
tan sólo en los comienzos del Sendero, sino en cada una de sus etapas, diariamente,
hasta el fin.
Vosotros entráis en el Sendero porque habéis
aprendido que tan sólo en él pueden encontrarse las cosas dignas de ser
alcanzadas. Los que no saben esto trabajan para adquirir riqueza y poder, pero
esto dura a lo más una vida tan sólo y, por lo tanto, no es real. Hay bienes mayores,
reales y perdurables, cuando los hayáis alcanzado, ya no desearéis jamás
aquellos otros.
En el mundo hay dos clases de seres: los sabios
y los ignorantes. Esta sabiduría es la que nos interesa. La religión que un
hombre profese, la raza a que pertenezca, importan poco; lo realmente
importante es que los hombres conozcan el plan Divino. Porque el plan de Dios
es la evolución. Una vez que el hombre realmente lo reconoce, no puede sino
identificarse con sus designios y trabajar de acuerdo con él, porque es tan
glorioso como bello. Así, conociéndolo, permanece al lado de Dios, firme para
el bien y resistente contra el mal, trabajando para la evolución y no por
egoísmo.
Si está al lado de Dios, está unido a nosotros, y no importa lo
mínimo que se llame hindú o buddhista, cristiano o mahometano, ni que sea indio
o inglés, chino o ruso. Los que están al lado de Dios saben por qué están aquí
y cuál es su misión, y procuran cumplirla; los demás no saben todavía lo que
han de hacer, y así obran a menudo erróneamente e intentan trazarse vías que
imaginan placenteras sin comprender que todos somos uno y que, por lo tanto,
tan sólo lo que el Uno quiere puede ser verdaderamente agradable para todos.
Ellos van en pos de lo irreal, en vez de lo real. Hasta que aprendan a
distinguir entre los dos, no se colocarán al lado de Dios, y, para aprenderlo,
discernimiento es el primer paso.
Pero, aun después de efectuada la elección, debéis recordar que hay
muchas variedades de lo real y lo irreal, y por lo tanto debemos discernir
también entre lo justo y lo injusto, lo esencial y lo accesorio, lo útil y lo
inútil, lo verdadero y lo falso, lo egoísta y lo altruista.
Aquellos que, deseosos de seguir al Maestro, han resuelto servir a
lo justo a toda costa, no hallan dificultad en la elección entre lo justo y lo
injusto. Pero el cuerpo es distinto del hombre, y la voluntad del hombre no
siempre coincide con el deseo del cuerpo. Cuando vuestro cuerpo desee algo,
deteneos a pensar si vosotros realmente lo deseáis. Porque vosotros sois Dios,
y queréis únicamente lo que Dios quiere; así, debéis buscar profundamente en
vosotros mismos para hallar el Dios interno y escuchar Su voz, que es vuestra voz. No confundáis con vosotros
mismos ni vuestro cuerpo físico, ni vuestro cuerpo astral, ni vuestro cuerpo
mental, porque cada uno de ellos pretenderá ser el Yo, a fin de obtener lo que
desea. Debéis conocerlos todos y reconoceros por su dueño.
Cuando se ha de hacer un trabajo, el cuerpo
físico quiere descansar, pasear, comer y beber; y el ignorante se dice a sí
mismo: "Yo quiero hacer estas cosas y debo hacerlas." Pero el sabio
dice: "Lo que en mí desea no soy yo, y puede esperar." A menudo,
cuando se presenta alguna oportunidad para ayudar a alguien, el cuerpo incita a
pensar: "¡Qué molestia me causa esto! Dejemos que otro lo haga."
Pero el hombre le replica a su cuerpo: "Tú no me estorbarás para
practicar el bien."
El cuerpo es nuestro animal, el caballo en que cabalgamos. Por lo
tanto, debéis tratarlo y cuidarlo bien; no debéis fatigarlo; debéis alimentarlo
tan sólo con comidas y bebidas puras, y llevarlo escrupulosamente limpio de la
más leve mancha. Porque sin un cuerpo perfectamente limpio y sano no podríais
llevar a cabo el arduo trabajo de preparación, ni podríais soportar el
esfuerzo incesante. Pero vosotros debéis gobernar constantemente al cuerpo,
nunca el cuerpo a vosotros.
El cuerpo astral tiene sus deseos a docenas; él os inclina a la
cólera, a la injuria, a la envidia, a la avaricia, a codiciar los bienes
ajenos, a sumiros en la depresión. El cuerpo astral quiere todas estas cosas y
muchas más, no porque desee perjudicaros, sino porque le gustan las vibraciones
intensas, así como el cambio constante de ellas. Mas vosotros no necesitáis
estas cosas, y por esto debéis saber distinguir entre vuestros deseos y los de
vuestro cuerpo.
Nuestro cuerpo
mental desea pensar orgullosamente que es algo separado de lo demás; pensar
dándose mucho valor a sí mismo y poco a los otros. Aun cuando lo hayáis
apartado de las cosas mundanas, persiste en especular sobre sí mismo, en
incitaros a pensar en vuestros propios progresos, en vez de pensar en la labor
de los Maestros y en ayudar a los demás. Cuando meditéis, tratará de haceros
pensar en las diferentes cosas que él desea, en vez de pensar en lo que
vosotros queréis. Vosotros no sois esta mente, sino que ella está a vuestro
servicio, y así también en este caso es necesario el discernimiento. Debéis
vigilar constantemente, so pena de fracaso.
El Ocultismo no tiene compromiso entre lo justo y lo injusto.
Debéis hacer a toda costa lo justo; debéis dejar de hacer lo injusto, sin
importaros lo que el ignorante piense o diga. Debéis estudiar profundamente las
leyes ocultas de la Naturaleza, y cuando las conozcáis, ordenad vuestra vida
de acuerdo con ella, empleando siempre la razón y el sentido común.
Debéis saber distinguir lo importante de lo secundario. Firmes como
una roca cuando de lo justo y de lo injusto se trate, dad siempre la razón a
los demás en cosas de poca importancia. Porque debéis ser siempre amables y
cariñosos, razonables y condescendientes; habéis de conceder siempre a los
demás la misma libertad que necesitáis para vosotros mismos.
Tratad de ver lo que es más meritorio que hagáis, y recordad que no
debéis juzgar las cosas por su aparente grandeza. Es mucho más meritorio hacer
una cosa mínima pero útil a la labor del Maestro, que otra de mayor apariencia
de las que el mundo llama buenas.
Debéis
distinguir no tan sólo entre lo útil y lo inútil, sino entre lo más útil y lo
menos útil. Alimentar a un pobre es bueno, útil y noble; pero alimentar su alma
es todavía más noble y más útil que alimentar su cuerpo. Cualquier rico puede
alimentar el cuerpo de un necesitado, pero tan sólo los sabios pueden alimentar
su alma. Si sois sabios, vuestro deber es ayudar a otros en el logro de la
sabiduría.
No obstante, por sabios que seáis, tenéis mucho que aprender en
este Sendero, y por esto también en él es preciso el discernimiento. Debéis
pensar cuidadosamente lo que es mejor que aprendáis. Todo conocimiento es útil,
y llegará un día en que lo alcancéis; pero mientras tan sólo poseáis una parte,
cuidad de que ésa sea la más útil.
Dios es tanto Sabiduría como Amor, y
cuanta más sabiduría alcancéis, mejor podréis manifestar a Dios. Estudiad,
pues; mas, en primer lugar, estudiad lo que os ayude a ayudar a los otros.
Estudiad pacientemente, no porque los hombres os llamen sabios, ni aun por
tener la dicha de serlo, sino porque tan sólo el sabio puede ayudar sabiamente.
Por mucho que deseéis ayudar, si sois ignorantes, podréis hacer más mal que
bien.
Debéis saber distinguir lo falso de lo verdadero; debéis aprender
a ser verídicos en todas las circunstancias, en pensamiento, en palabra y en
obra.
Primero en pensamiento; y esto no es fácil, porque en el mundo hay
muchos pensamientos falsos, muchas supersticiones tontas, y nadie que esté
esclavizado por ellas puede progresar. así
pues, no debéis sostener una idea precisamente porque otros la
sostienen, ni porque se haya creído en ella durante siglos, ni porque esté
escrita en algún libro que los hombres tengan por sagrado. Debéis pensar acerca
de aquel asunto por vosotros mismos, y juzgar si es razonable. Recordad que la
opinión de un millar de hombres acerca de algún asunto que desconozcan no
tiene ningún valor. Los que piensan hollar el Sendero deben aprender a pensar
por sí mismos, porque la superstición es uno de los mayores males del mundo,
una de las ligaduras de que totalmente debéis desembarazaros.
En lo tocante a los demás, vuestros pensamientos deben ser
verídicos; no debéis pensar acerca de nadie lo que no sepáis. No supongáis que
los demás están siempre pensando en vosotros.
Si un hombre hace algo que parezca perjudicaros, o dice algo que
creáis que se refiere a vosotros, no penséis entonces: "Quiere ofenderme."
Probablemente ni siquiera piensa en vosotros, porque cada alma tiene sus
propias tribulaciones y pensamientos, que flotan principalmente alrededor de
ella. Si un hombre os habla colérico, no penséis: "Me odia, trata de herirme."
Quizá otra persona o alguna otra cosa lo han contrariado, y porque tropieza
eventualmente con vosotros, descarga su cólera en vosotros. Él obra
imprudentemente, porque toda clase de cólera es prueba de insensatez; pero
vosotros no os debéis formar de él un juicio equivocado.
Cuando seáis discípulos del Maestro, podréis poner siempre a tono
la pureza de vuestros pensamientos comparándolos con los Suyos. Porque el
discípulo es uno con su Maestro, y debe procurar fundir su pensamiento con el
Suyo y ver si coinciden. Si no están a tono, su pensamiento no es recto, y debe
variarlo inmediatamente, porque los pensamientos del Maestro son perfectos,
puesto que Él lo sabe todo. Los que todavía no han sido aceptados por Él, no
pueden hacerlo del todo; pero pueden ayudarse mucho deteniéndose a pensar a
menudo: "¿Qué pensaría el Maestro en estas circunstancias?"
"¿Qué haría o qué diría el Maestro acerca de esto?" Porque no debéis
nunca hacer, decir o pensar lo que no podáis imaginar al Maestro haciéndolo,
diciéndolo o pensándolo.
Aun al relatar habéis de ser verídicos, exactos y sin exageración.
Nunca atribuyáis intenciones a otro; tan sólo su Maestro conoce sus
pensamientos, y él puede estar obrando por razones de que no tenéis idea. Si
oís que dicen algo en contra de alguna persona, no lo repitáis; podría no ser
verdad, y aun cuando lo fuese, es caritativo callar. Pensad bien antes de
hablar, no sea que incurráis en inexactitudes.
Sed verídicos en la acción; jamás pretendáis ser otro del que sois,
porque toda pretensión sirve de impedimento a la pura luz de verdad que debe
brillar a través de vosotros como la luz del sol brilla a través de un diáfano
cristal.
Debéis distinguir entre el egoísmo y el desinterés; porque el
egoísmo se presenta bajo muchas formas, y cuando creáis que al fin lo habéis
destruido en algunos de sus aspectos, surge en otro tan fuerte como siempre.
Pero gradualmente os irá animando tan por completo el pensamiento de ayudar a
los demás, que no habrá lugar ni tiempo para pensar en vosotros mismos.
También debéis distinguir en otro sentido. Aprended a reconocer a
Dios en todos los seres y en todas las cosas, prescindiendo del mal que puedan
presentar en la superficie. Podéis ayudar a vuestros hermanos por medio de lo
que tenéis de común con ellos, esto es, la Vida Divina. Aprended a despertarla
y a vivificarla en ellos, así los salvaréis de lo falso.
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CAPITULO 2
Hay muchos
individuos para quienes la cualidad "CARENCIA DE DESEOS" es
verdaderamente difícil, porque sienten que sus deseos son ellos mismos, y que
si desechan sus deseos peculiares, sus gustos y disgustos, dejará de existir su
yo. Pero esto les sucede tan sólo a quienes no han visto al Maestro. A la luz
de su Santa Presencia se extinguen todos los deseos, menos el de igualarse a
Él. Sin embargo, antes que gocéis, de la felicidad de encontraros frente a
frente con Él, podréis alcanzar, si queréis, la "Carencia de deseos".
El
Discernimiento os ha mostrado ya que las cosas que los hombres más desean, como
la riqueza y el poder, no tienen valor alguno. Cuando esto no se dice tan
sólo, sino que se siente en verdad, cesa todo deseo de ellos.
Así pues, todo
eso es sencillo; sólo se requiere que lo comprendáis. Pero hay algunos que
cesan de perseguir los bienes terrenales, con el fin de ganar el cielo o
alcanzar la liberación personal del renacimiento; no debéis caer en este error.
Si habéis olvidado al yo, no podéis pensar en la hora en que este yo sea libre
o qué clase de cielo tendrá. Recordad que todo deseo egoísta ata, por elevado
que sea su objeto, y en tanto no os hayáis librado de él no estaréis
enteramente preparados para dedicaros a la labor del Maestro.
Cuando desaparezcan todos los deseos que se refieren al yo, todavía
puede existir el deseo de ver los resultados de vuestra obra. Si ayudáis a
alguien, querréis ver en cuánto lo
habéis ayudado; aun tal vez queréis que aquel a quien habéis ayudado, también
lo vea y os lo agradezca. Esto es todavía deseo, y, además, falta de confianza.
Cuando hacéis todo el esfuerzo que podéis para ayudar, debe dar un
resultado, tanto si podéis verlo como si no; si reconocéis la manera de obrar
de la Ley, sabéis que esto es así. Por esto debéis obrar rectamente por amor a
lo recto, no con esperanza de recompensa; debéis trabajar por amor al trabajo,
no por la esperanza de ver el resultado; debéis entregaros al servicio del
mundo, porque lo amáis y no podéis dejar de entregaros a él.
No deseéis poderes psíquicos; ya vendrán cuando el Maestro
comprenda que debéis tenerlos. Además, es esforzarse en adquirirlos trae
consigo, muy a menudo, gran perturbación; frecuentemente, a su poseedor le
descarrían los falaces espíritus de la naturaleza, o se envanece y cree que él
no puede caer en error; y el tiempo y el esfuerzo que emplea para alcanzar
estos poderes podría emplearlos, de cualquier otro modo, en trabajar para los
demás. Los poderes vendrán en el curso del desarrollo; deben venir; y si el Maestro ve que es útil que los tengáis antes,
os enseñará a desarrollarlos sin peligro. Hasta entonces, estaréis mejor sin
ellos.
Además, debéis precaveros de ciertos pequeños deseos que son
comunes en la vida diaria. No deséis jamás brillar o parecer superior en ningún
sentido; no habléis mucho. Es mejor hablar poco; es mejor todavía callar, hasta
que estéis seguros de que lo que vais a decir es VERDADERO, BUENO y PUEDE
AYUDAR A OTROS. Antes de hablar, pensad cuidadosamente si lo que vais a decir
posee estas tres cualidades; si no es así, no lo digáis.
Lo mejor es acostumbrarse desde el primer momento a pensar
cuidadosamente antes de hablar, porque cuando alcancéis la Iniciación debéis
fijaros en cada palabra, no sea que digáis lo que no debe decirse. Mucha
habladuría vulgar es insensata y vana; cuando es chismosa, es maligna. Así,
acostumbraos a escuchar, mejor que a hablar, no expongáis opiniones, a menos
que os las pidan directamente. En resumen; las cualidades son: saber oír,
querer y callar; y la última es la más ardua de todas.
Otro común deseo que debéis reprimir severamente es el de
inmiscuiros en los asuntos de los demás. Lo que otro haga o diga o crea, no es
cosa vuestra, y debéis aprender a dejarlo completamente solo. Él tiene
perfecto derecho al pensamiento, palabra y acción libres, mientras no se meta
con otro. Así como vosotros reclamáis la libertad de hacer lo más conveniente,
debéis concederle la misma libertad, y cuando la usufructúa no tenéis ningún
derecho a ocuparos de él.
Si pensáis que obra equivocadamente, y podéis hallar oportunidad de
decirle privadamente y con la mayor delicadeza vuestra opinión, es posible que
lo convenzáis; pero hay muchos casos en que, aun de esta manera, la intervención
sería impropia. Nunca debéis hablar a una tercera persona acerca del asunto,
porque ésta es una acción muy baja.
Si veis un caso de crueldad contra un niño o un animal, vuestro
deber es defenderlos. Si estáis encargado de instruir a otra persona, es vuestro
deber reprender afectuosamente sus faltas. Excepto en semejantes casos, ocupaos
de vuestros propios asuntos y ejercitad la virtud del silencio.
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CAPITULO 3
Las seis reglas
de conducta que particularmente se requieren, las da el Maestro en este orden:
1ª Dominio de la mente.
2ª Dominio de la acción.
3ª Tolerancia.
4ª Alegría.
5ª Aspiración única.
6ª Confianza.
Sé que algunas
de estas cualidades se han denominado diferentemente, pero yo hago uso de los
nombres que el Maestro mismo les daba al explicármelas.
1ª dominio de la mente. — La cualidad "Carencia de deseos" nos demuestra que
debemos dominar el cuerpo astral; esta otra significa lo mismo con relación al
cuerpo mental. Ello implica dominio del temperamento, de suerte que no podáis
sentir cólera o impaciencia; dominio de la mente, de modo que podáis sosegar y
tranquilizar el pensamiento y, por medio de la mente, dominio del sistema
nervioso, a fin de que se excite lo menos posible.
Esto último es
difícil, porque cuando os preparáis para entrar en el Sendero, no podéis evitar
que vuestro cuerpo se haga más sensitivo, y así los nervios son perturbados por
cualquier choque o sonido, y sienten agudamente cualquier presión; mas debéis
hacer lo posible por evitarlo.
Mente tranquila
significa también valor para arrastrar sin temor las pruebas y dificultades del
Sendero; significa además firmeza para considerar serenamente cuanto os
acontezca en la vida cotidiana, y evitar el incesante tedio e inquietud que
dimanen de ciertos pormenores de la vida, en los que muchos malgastan la mayor
parte del tiempo. El Maestro enseña que a un hombre no le debe importar lo más
mínimo cuanto provenga del exterior: tristezas, disgustos, enfermedades,
pérdidas; todo esto nada debe significar para él, ni ha de permitir que
perturbe la calma de su mente. Estas cosas son resultado de pasadas acciones, y
cuando sobrevengan, debéis soportarlas con calma, recordando que todo mal es
transitorio, y que vuestro deber es permanecer siempre contentos y serenos.
Aquello pertenece a vuestras vidas anteriores, no a ésta; no podéis alterarlo,
y, así es inútil preocuparos por ello. Pensad, mejor, lo que hacéis ahora, lo
cual determinará los acontecimientos de vuestra próxima vida, pues esto podéis
modificarlo.
No cedáis jamás
a la tristeza ni a la depresión.
La depresión es un mal, porque contamina a
otros y torna sus vidas más penosas, a lo cual no tenéis derecho alguno. Por
esta razón, si alguna vez os acometen, desechadlas para siempre.
Aun en otro sentido debéis dominar vuestro pensamiento; no le
permitáis errar a la ventura. Fijad la atención en lo que estéis haciendo, sea
lo que fuere, para que lo hagáis con toda la perfección posible; no
acostumbréis vuestra mente a la vagancia; antes bien conservad buenos pensamientos
siempre en su fondo, dispuestos a surgir en el momento en que ella esté libre.
Emplead todos los días el poder de vuestro pensamiento en buenos
propósitos; convertíos en un poder que trabaje de acuerdo con la evolución.
Pensad cada día en alguno de quien sepáis que está triste, que sufre o que
necesita ayuda, y enviadle pensamientos de amor.
Apartad vuestra mente del orgullo, porque el orgullo es hijo de la
ignorancia. El ignorante cree ser grande, cree que ha hecho esta o aquella
gran cosa; el sabio sabe que tan sólo Dios es grande y que sólo Él es el
hacedor de todas las cosas buenas y perfectas.
2a
dominio de la acción. — Si vuestra mente es tal como debe ser, se perturbará muy poco
con vuestra acción. Recordad que para ayudar a la Humanidad, el pensamiento
debe convertirse en acción.
En esta labor no caben tibiezas,
sino una constante actividad. Pero debéis cumplir vuestro propio deber, no el
de los demás, a no ser con su permiso y con el fin de ayudarlos. Dejad que cada
cual cumpla su propio deber, a su modo peculiar; estad siempre dispuestos a
ofrecer vuestro apoyo cuando sea necesario, pero nunca os entrometáis. Porque,
para algunas personas, la cosa más difícil del mundo es aprender a cumplir sus
propios deberes, y precisamente esto es lo que vosotros debéis hacer.
Aunque tratéis de realizar una labor más elevada, no por ello
debéis olvidar vuestros deberes ordinarios, pues hasta que éstos no queden
satisfechos, no estaréis en libertad para prestar otros servicios. No os
comprometáis a nuevos deberes mundanos; mas debéis cumplir perfectamente
aquellos de que estéis encargados, esto es, todos aquellos deberes que
reconozcáis como evidentes y razonables, no deberes imaginarios que otros
traten de imponeros. Si queréis servirles a Ellos, debéis cumplir vuestros
deberes ordinarios mejor y no peor que los demás; porque haciendo esto
también Les servís.
3ª tolerancia.—Debéis sentir perfecta tolerancia hacia todos y un sincero
interés por las creencias de los que profesan otras religiones, tanto como por
la que profesáis. Porque la religión de los otros es un sendero que conduce a
lo más elevado, lo mismo que la vuestra. Para ayudar a todos, debéis
comprenderlos.
Mas, para alcanzar esta perfecta tolerancia, debéis libraros antes
del fanatismo y de la superstición. Debéis saber que no hay ceremonias
necesarias; de otro modo es consideraríais algo mejores que los que no las
practican. Sin embargo, no debéis vituperar a los que aun las necesitan.
Dejadles hacer su voluntad; pero ellos no deben meterse con vosotros, que
sabéis la verdad, ni deben tratar de imponeros aquello que habéis trascendido.
Sed indulgentes y bondadosos en todo.
Ahora que vuestros ojos están abiertos, quizás os parezcan absurdas
algunas de vuestras antiguas creencias y ceremonias; tal vez lo sean en
realidad. Pero, aunque ya no toméis parte en ellas, respetadlas por
consideración a aquellas buenas almas para quienes todavía tienen importancia.
Ellas tienen su lugar y su utilidad, como la falsilla le sirve a un niño para
escribir derecho, hasta que aprende a escribir mejor y con mayor igualdad sin
ella. Hubo un tiempo en que las necesitasteis, pero ya pasó aquel tiempo.
Un gran instructor dijo: "Cuando yo era niño, hablaba,
comprendía y pensaba como niño; pero ya hombre, di de lado las niñerías."
Quien haya olvidado su infancia y
perdido la simpatía por los niños no puede enseñarles ni ayudarles. Así, sed
bondadosos, amables, tolerantes con todos los hombres sin distinción, sean
buddhistas o indos, jainas o judíos, cristianos o musulmanes.
4ª alegría.—Debéis sobrellevar alegremente vuestro karma, cualquiera que sea,
aceptando como un honor que el sufrimiento caiga sobre vosotros, porque esto
demuestra que los Señores del Karma os consideran dignos de ayuda. Por muy
penoso que resulte, agradeced que no sea peor. Recordad que podréis servir muy
poco para la labor del Maestro, mientras vuestro mal karma no se extinga y
quedéis libres. Al ofreceros a Él, habéis pedido que se acelerase vuestro
karma, y así, en una o dos vidas haréis lo que de otro modo hubierais debido
hacer en cientos. Pero a fin de obtener el mejor resultado, debéis sobrellevarlo
alegremente.
Todavía hay otro aspecto. Debéis desechar toda idea de posesión.
El Karma puede arrebataros las cosas que más queráis y hasta a las personas
que más améis. Aun entonces debéis permanecer alegres, dispuestos a separaros
de todo. A menudo el Maestro necesita verter Su fuerza sobre otros por medio de
Su discípulo e incondicional servidor; y si éste cayese en la depresión no
podría Él realizarlo. Así, la alegría debe ser vuestra norma.
5ª aspiración única.—El objetivo que debéis tener a la vista es realizar la obra del
Maestro. No debéis jamás olvidarla, cualesquiera que sean las ocupaciones que
os salgan al paso, y ninguna otra labor puede interponerse en vuestro camino,
porque toda la que sea fecunda y desinteresada es labor del Maestro, y debéis
ejecutarla por amor a Él. Además, debéis poner toda vuestra atención en cada
parte de la misma, para que la hagáis lo más perfecta posible. El mismo
Instructor dijo también: "Sea lo que fuere que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para
los hombres. Pensad cómo ejecutaríais una obra si supieseis que el Maestro ha
de venir a verla; así debéis realizar toda labor." Los más conscientes
sabrán mejor lo que este versículo significa. Y hay otro semejante y mucho más
antiguo: "Esfuérzate tanto como puedas en cumplir cualquier cosa que se te
presente."
Aspiración única significa también
que nada deberá jamás desviaros, ni siquiera por un momento, del sendero en que
habéis entrado. Ni tentaciones, ni placeres terrenales, ni mundanos afectos
deberán nunca apartaros de él. Porque vosotros mismos debéis identificaros con
el Sendero, el cual ha de formar parte de vuestra natulareza, de tal modo que
lo sigáis sin necesidad de pensar en él ni en la posibilidad de abandonarlo.
Vosotros, la Mónada, lo habéis decidido; desprenderos de él equivaldría a
desprenderos de vosotros mismos.
6ª confianza.—Debéis confiar en vuestro Maestro; debéis confiar en vosotros
mismos. Si ya habéis visto al Maestro, confiaréis del todo en Él a través de
vidas y muertes. Si aún no Lo habéis visto, debéis tratar de imaginároslo y
confiar en Él, porque si no lo hiciéreis, no podrá Él ayudaros. Sin completa
confianza no puede establecerse la perfecta corriente de amor y de
poder.
Debéis tener
confianza en vosotros mismos. ¿Decís que os conocéis bien a vosotros mismos? Si
tal creéis, no os conocéis; tan sólo conocéis la débil corteza externa que con
frecuencia cae en el cieno. Vosotros, vuestro Yo real, es una chispa del propio
Fuego Divino; y como Dios, que es omnipotente, está en vosotros, nada hay que
no podáis hacer si queréis. Decíos: "Lo que hizo un hombre, otro hombre
puede hacerlo. Yo soy un ser humano, más aún, soy Dios en el hombre: puedo y
quiero hacerlo." Porque vuestra voluntad debe ser cual acero templado, si
queréis hallar el Sendero.
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